Anna Kulbachenko, gestante: “El dinero (que me pagan) es mucho. De donde yo vengo, en ningún sitio lo ganaría”

AMAYA LARRAÑETA

Gestación subrogada

Pone nuestras manos en su tripa para sentir las patadas que le dan las mellizas. Cuando nazcan se las entregará a una pareja catalana. Han conseguido ser padres en el último  intento (octavo) por gestación subrogada en Ucrania. Es uno de los casos más complejos a los que se ha enfrentado la clínica y el primero de la gestante Anna Kulbachenko. La joven nos recibe en el piso compartido con dos gestantes en el extrarradio.

“Cuando escuché hablar de la gestación subrogada busqué información en Internet, exploré el terreno y fui yo la que me presenté voluntaria”, dice sentada en el sofá cama de su habitación. Está de 32 semanas y como es un parto gemelar se ha mudado ya a la capital por si se adelanta el alumbramiento. Dice que se encuentra bien, pero que cada vez está “más cansada” y que le aprietan abajo las niñas.

La pregunta lógica a una ‘madre gestante’ es por qué decide afrontar un embarazo, en su caso múltiple, y un parto para entregar después los bebés a otra pareja.

La respuesta que da Anna es directa. “Por dinero, porque me permitirá tener lo suficiente para, cuando regrese a casa —vive a 250 kilómetros de Kiev—, construir dos habitaciones individuales a mis hijos, de 6 y 4 años”. Añade que si bien no puede hablar por otras mujeres, en su caso lo que le animó a gestar es que sus embarazos anteriores fueron muy fáciles.

Sus hijos biológicos, un niño y una niña, se han quedado al cuidado de su marido, de su madre y su suegra, las únicas tres personas que saben que Anna es una gestante. No quiere que hablen de ella los vecinos y la mudanza a Kiev, ahora que el embarazo es evidente, se lo facilita.

La relación que las gestantes suelen tener con las familias españolas se limita, en principio, a un par o tres de conversaciones por Skype en nueve meses, aunque algunas parejas establecen un vínculo más cercano. En el caso de Anna, dice que su relación con los futuros padres de las mellizas es “buena”. Les manda fotos de cómo evoluciona su embarazo y ellos le envían instantáneas de su vida: fotos de las fiestas del pueblo o de excursiones en bicicleta.

“Yo no veo absolutamente nada grave en lo que estoy haciendo. Soy una niñera para sus hijos. Esto no es nada malo, es algo bueno y legal, que debería serlo también allí en España”, dice Anna al saber que el país donde residirán las niñas no acepta la práctica de la gestación subrogada. Porque se considera que es comercialización de seres humanos y una explotación del cuerpo de la mujer.

Frunce el ceño al escuchar que en España la madre es siempre la que da a luz y que hay personas preocupadas sobre la explotación de gestantes en Ucrania. “A lo mejor siena muy duro, pero yo soy como una incubadora de los padres. Desde el principio siento que no son mis hijas. No creo que me vaya a costar más de unas horas recuperarme después del parto”.

No le importa  decir cuánto  le pagan por lo que hace. “16.500 euros. Esa cantidad de dinero es muy alta. De donde yo vengo en ningún sitio la ganaría”.

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